Hay cosas que no cambian. El pan se hace de madrugada. Cuando me desvelo por la noche entra el olor a pan recién hecho. La panadería de abajo, en calle Rafael Alberti, empieza su jornada a las 3:00. La carnicería de la esquina abre a las 8:30, la frutería a las 9:00, la “Farmacia Alba” abre de 9:00 a 22:00.  El chino… No sé cuándo abre, pero siempre está cuando lo necesito. Para algunos es el pan de cada día, la mayoría lo llaman día a día, otros, trabajo, yo, simplemente rutina.

En septiembre pasé unos días en Ginebra. Una ciudad limpia, organizada y civilizada. O eso me parecía a mí. Había mucho tráfico, pero también muchísima gente utilizando el transporte público: tranvías y autobuses. A la salida del hotel nos encontrábamos siempre a los mismos abriendo o cerrando sus negocios. Lógico. Sabían a donde iban, con quién y cuándo debían llegar, lo tenían todo controlado en sus relojes. Pero no tenían una sonrisa dibujada en su rostro, al menos, la mayoría. Laura (mi novia) y yo, en cambio, sí.

Yo creo que la felicidad se encuentra fuera de casa. Fuera de los atascos, de las autopistas, de los semáforos, del ruido, en definitiva, fuera de la rutina. Hace miles de años los hombres éramos nómadas, no teníamos nada, espero que tampoco preocupaciones. La escuela, el trabajo, nuestra vida misma, nos consume por dentro. Brota en nuestro interior un sentimiento de odio hacia lo que estamos acostumbrados. Nos preocupa el día de mañana, pero si hoy no somos felices de poco sirve un plan de pensiones o unos ahorros que no disfrutaremos.

Romper con la rutina. Dejar algo para mañana. Apagar el teléfono. Desconectar. Pasear. Cantar, aunque no se te dé bien. Hacer aquello que más te gusta. Hacer tu propio pan. Dedicarte tiempo. Viajar. Ser feliz.