Fabián nació hace cuarenta y nueve años en Santiago de Chile. Pinta al óleo con los dedos sobre cristales del tamaño de un pasaporte. Vive en Málaga desde el 2006 y, gracias a Youtube, lo conoce gente de todo el mundo. Cuando pinta, su ropa y los trapos que lo acompañan parecen un cuadro de Jackson Pollock. Las tres décadas como artista callejero le han dejado restos de pintura en sus uñas, arrugas y cicatrices llenas de historias, viajes, paisajes paradisíacos, amigos y experiencias únicas. Su vida cambió a raíz de un accidente y está marcada por la libertad de un pajarito, su firma como artista.

El primer recuerdo de Fabián de haber pintado con los dedos fue en la Imprenta de su padre Patricio. Tenía unos siete años. Era una imprenta enorme, con grandes rollos de papel de más de mil kilos. Su padre, para tenerlo apartado y seguro, le daba el papel que había salido mal y un bote con tinta. Su mayor frustración en ese momento era que no le diera un pincel, una brocha o algo con lo que pintar. En esos papeles fallidos empezó a dibujar con sus manos. Entendió el significado de la mancha, su intensidad, su forma, la combinación de colores y, como si de una composición musical se tratase, empezó a crear armonías con lo que había descubierto.

A los nueve años decidió irse a vivir con su abuelo al campo. Se levantaban cada día a las cinco de la mañana, sin ningún atisbo de luz. A las diez ya estaban de barro hasta las rodillas. En su campo, su abuelo José María Maureira León cultivaba sandias, habas y frijoles. A Fabián le gustaba la sensación de llegar a casa y que su abuela les esperara con un plato de comida. Le encantaba volver a salir a buscar a los animales y quedarse en el campo hasta por la noche.

Me caí casi de un 4º piso, y no es casualidad

Un día, con trece años, regresaba a casa de su abuelo junto a su hermana y su primo. Él no frecuentaba los campos desde la pasada temporada, por lo que no sabía que habían cortado el cerro. Un campo con un gran acantilado. El pasto era tan alto que él no veía nada. Su hermana y su primo pararon. Él siguió decidido. “Me caí casi de un 4º piso, y no es casualidad.”

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Quedó tirado en el suelo encima de las rocas. Una piedra se le clavó en la cabeza. La sangre pintaba la tierra de color vino. Ni su madre ni su abuela tenían coche. Su abuelo ni lo había visto, estaba lejos, en el campo. En aquel camino podía pasar un coche dos veces al día, uno cada dos o tres horas o ni siquiera pasar. A los tres minutos pasó el camión del Regimiento Pendehue de paracaidismo. Los militares vieron a las dos mujeres rodeándolo junto a otros dos niños. Se pararon y lo llevaron a su base, pero no podían hacer nada, no disponían de medios quirúrgicos.

Fabián tuvo una pérdida de masa encefálica, estuvo un año paralítico y nueve meses sin poder ver. Su madre Gladys lo levantó de la cama y no le dejo rendirse. Le decía: “tu problema es facial, te vas a levantar, tu no eres tonto”. Él no veía, pero creyó a su madre, confió en sus palabras y le funcionó. Su madre le hizo darse cuenta del valor de las cosas, desde entonces está viviendo por segunda vez lo que tendría que haber terminado ese día.

Pintó sin recibir nada a cambio hasta los dieciséis años. Al cumplir su mayoría de edad comenzó a viajar por todo Chile, pintando en multitud de lugares. En la Plaza de Armas de Santiago se reunían una gran cantidad de artistas: músicos, cómicos, mimos, pintores (de retrato, caricaturas, paisajistas, abstractos). Pero no había más de 10 que vendieran su trabajo. Fabián vio que no se debía a la falta de talento, sino al valor añadido que cada persona le da a su trabajo. Comprendió que debía diferenciarse del resto y hacer de sus obras algo único y artístico (es así como define su obra cuando pinta en la calle).

Fabián no tuvo clases de pintura durante su niñez y tampoco asistió a la Universidad o a una Escuela de Arte. Aprendió preguntando. No ha tenido vergüenza ni ha dejado que su orgullo le impidiera mostrar su ignorancia. Anima a la gente a pintar como un niño. Un niño no tiene vergüenza ni miedo a equivocarse. Insiste en que los cuadros de Picasso, Kandinsky o de Pollock no existirían si no hubieran actuado como niños.

El verdadero capital está dentro de cada uno

Lo que sabe se lo debe a su abuelo y a su mentor y compañero de viaje, el maestro Fuentes. Viajó con él durante cinco años y aprendió de él todo lo que ahora le apasiona: ajedrez, pintura, historia, cálculo matemático y filosofía. Lo recuerda como un libro abierto. Durante sus viajes, lo llevó a lugares donde no había nada. Árboles, rocas y un par de pájaros volando… Fue capaz de entender que a su alrededor estaba todo lo que necesitaba. El aire que le provocaba frío, el agua de donde beber, el fuego con el que entraban en calor, la tierra de donde obtenían alimento. Estaban todos los elementos en todos sus estados de la materia, pero no había nada. No necesitaban más. José Fuentes le decía: “Fabián, el verdadero capital está dentro de ti, si tú no llegas a descubrirlo no llegarás más lejos. Vayas a donde vayas, irás vacío.”

A los veinticinco años cruzó las fronteras de su país hacia Centroamérica. Pasó por Argentina, Uruguay, Brasil, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela. Volvió a Chile y vivió 5 años en tres de las islas del Archipiélago de Chiloé, donde realizó muchísimos ensayos con su pintura. Sus inquietudes y sus ganas de viajar y seguir aprendiendo lo llevaron a “cruzar el charco”. Ha estado en Suiza, Austria, Alemania, Francia, Italia, Bélgica Turquía y España. Los tres primeros años iba y volvía desde Chile, después de varias estancias se quedó en España y la recorrió de norte a sur. “Pintar con un dedo me lo ha dado todo”.

Cuando llegó a Barcelona sin ningún peso en los bolsillos se bajó del avión como si tuviera una cuenta corriente increíble. Tenía confianza en sí mismo. Recordó los lugares que le había enseñado el maestro Fuentes. En esa ciudad lo tenía todo. “Es muy fácil saber el precio de algo y conseguir el dinero para pagarlo. El valor, en cambio, lo pone la persona y muchas veces es incalculable.”

Los 5 primeros años fueron duros, tenía que ganarse la vida de mil maneras, no le daba ni para comer. Nunca ha pedido una propina por amor a su trabajo y al tiempo que ha dedicado a perfeccionarlo. Y lo que ganaba se iba a un “pozo sin fondo”: la pintura. Pero de repente todo cambió e hizo de su hobby su profesión. Ha pintando con los dedos, con bolígrafo, con aerógrafo, ha tallado palitos de fósforo, ha pintado a Jesucristo, al Ché e incluso a Pablo Neruda en granos de arroz. Y había gente que lloraba con ello. Aunque no haya comido, hará lo posible por demostrar que es mejor, pero no mejor que nadie, sino mejor de lo que él creía.

La magia de sus cuadros viene de mucho esfuerzo y trabajo. Viene de horas pensando en hacer su soporte más económico, de conseguir que los cristales no supongan un peligro para nadie y de que sean estéticamente perfectos. Es detallista con lo que hace. Al principio tardaba doce minutos en crear uno, a día de hoy lo ha reducido a treinta o cuarenta segundos. “La magia es poder presentar en un tiempo muy breve algo que en tiempos normales no transmite nada.” Sus cuadros son como una película que al principio estaba compuesta de ciento veinte fotogramas. Con el tiempo ha quitado fotogramas voluntariamente para hacerlo más atractivo al público. Cuando una persona mira el cristal y ve que cambia muy rápidamente empieza a formularse preguntas: si tardas 4 segundos en formularte la pregunta y otros 5 en responderla, ya son 10 segundos, si te haces tres preguntas, el cuadro ya está terminado. Su ritmo es tan frenético que va más rápido que la capacidad de las personas de responderse a sí misma.

Fabián resume la mayoría de sus cuadros en siete pasos: El fondo: el cielo; un elemento llamativo: una montaña; un elemento que ponga detrás ese elemento llamativo: unos árboles; un elemento que ponga más atrás el elemento anterior: cascadas; otro elemento que ponga atrás el anterior: la espuma; un elemento que le de profundidad: un lago, y, por último, una terminación: toque de luz y su firma. Pinta durante tres horas sin gafas, y no ve bien. Conoce la cantidad de pintura por su textura, sabe qué presión ejercer para conseguir cierto efecto y cómo utilizar los colores para crear volumen.

La magia es poder presentar en un tiempo muy breve algo que en tiempos normales no transmite nada.

 

Hace unos años un turista ruso grabó su trabajo y lo subió a Youtube, hoy, ese video tiene casi diecisiete millones de visitas. El cuadro de ese video lo elaboró hace veinte años en una noche de temporal, de frío, viento y lluvia. Estaba con su amigo Juanito en un puesto artesanal en Puerto Monte, al sur de Chile. Ese cuadrito fue mágico para su amigo y se lo quedó. A partir de ahí, pintó miles de cuadros como ese, cambiando pequeños matices a lo largo de los años. Pero no más de un 15% desde el primer original.

Su trabajo le satisface cuando hay gente vuelve después de un año, de dos e incluso de tres a comprar su trabajo. De hecho hace unas semanas vieneron a buscarle desde Barcelona para llevarse doce cuadros. Él sabe que un cuadro no es un producto de primera necesidad, por eso busca darle un valor añadido. Se ha llegado a quedar sin cristales y ha comprado cerámica en una ferretería, lo ha vendido. Se ha quedado sin cerámica y ha comprado platos en una tienda de menaje, también los ha vendido.

Cuando Fabián va a casa después de pintar, la gente lo mira, piensa que es un loco, algunos niños se paran a hablar con él, contentos. Sus padres a veces llegan y se llevan al niño del brazo a causa de los prejuicios. Hasta hace año y medio Fabián tenía unas largas rastas y se las corto, no por estos episodios, sino por respeto a su familia ya que no comprendían parte de su pasado hippie. Nunca bebió alcohol. Sus noches de bohemia han sido en su taller pintando con un cigarrito, un café, escuchando música o en paisajes paradisíacos conversando con el maestro Fuentes.

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Fabián Gaete pintando en Málaga. Fotografía: Andrei Stefan Balog

Su abuelo le preguntó una vez si prefería cargar el camión o sembrar las semillas en la tierra. Él no lo dudó, quería clavar las semillas, ver crecer la planta, saborear su fruto, aunque fuera un trabajo más costoso, era lo que quería. Ha hecho reproducciones de cuadros para abogados y gente famosa en Málaga, pero no le aportaba nada. No quiere trabajar para el sueño de otro, trabaja para su sueño, como hizo Steve Jobs.

Sus primeros años en Málaga fueron una aventura, no sabía si se quedaba o si se iba. Desde hace cinco es autónomo a raíz de una propuesta por la oleada de artistas callejeros que llegaron al centro de Málaga. Esto le permite tener su trabajo “regularizado” ya que su trabajo está clasificado como Comercio Al Por Menor En Puestos de Venta y Mercadillos por la Clasificación Nacional de Actividades Económicas. Es también una manera de obligarse a sí mismo a tener un plan de trabajo para ser más eficiente.

Hoy, cuando no está en una de las esquinas de La Manquita rodeado de gente que admira lo que hace, está en su taller preparando sus materiales, despertándose a las seis de la mañana para comprar en el polígono San Luis o, simplemente, disfrutando de su familia. Está en un punto de su vida en el que siente cómo se le devuelve la mano. No porque tenga una casa con todo lo que necesita, su taller, o un Mercedes CLK 200 de más de 1 década. Sino porque hace valer su tiempo y lo dedica a lo que realmente le apasiona: pintar.